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martes, 2 de abril de 2013

Elogio de la Anarquía

por dos excéntricos chinos del siglo III


Como senda a un mundo desconocido -y a la vez como puerta al conocimiento de uno mismo-, este libro nos acerca a algunos de los más interesantes debates sociales que sacudieron los ambientes letrados de una China en gran efervescencia intelectual, y lo hace por medio de la traducción completa de tres polémicas: <<De la inutilidad de los príncipes>>, <<Sobre el carácter innato del gusto por el estudio>> y <<Sobre los efectos nocivos de la sociedad para la salud>>. En ellas Bao Jingyan y Xi Kang nos llevan a una gozosa confrontación de ideas mediante la exposición clara y razonada de argumentos y la refutación punto por punto de las tesis del adversario.
Vistas con nuestro prisma occidental, y aunque no sea muy <<correcto>> hacerlo, resulta casi imposible no emparentar los argumentos esgrimidos en estas polémicas con las andanzas de los filósofos cínicos.

[Comentario de texto extraído del propio libro]
Editorial: Pepitas de Calabaza.


Agradecimientos a Tao-ré por recomendarme este pequeño, aunque gran libro.

jueves, 5 de abril de 2012

Con mano blanda dirigiría yo un gran Estado,
y ninguna persona tendría sus necesidades básicas sin cubrir:
alimentos, agua limpia, ropas de abrigo, y un lugar donde dormir.

Los árboles y arbustos frutales estarían por doquier,
los cereales y legumbres serían sembrados a nendo-dango,
los animales serían cazados o pastoreados como antaño,
los peces pescados en playas y ríos,
los huevos robados de los nidos.

Las ropas serían elaboradas con piel, lana y fibras vegetales,
las personas volverían a beber agua de pozos y manantiales;
las viviendas serían sencillas, construidas con ladrillos elaborados en barrizales.

Los telares volverían a tejer grandes telas,
los tornos volverían a hacer girar la arcilla,
la artesanía volvería a ser el arte sano del día a día.

Las enfermos serían curados sin extirpaciones de órganos,
no habrían animales aplastados ni ramos de flores en los márgenes de las carreteras,
y los bosques crecerían salvajes alrededor de los pueblos y ciudades.

Sentado o dormido, un buda sigue siendo un buda